Hace algunos meses leí “Albercas”, de Villoro, y su epígrafe se me quedó grabado:
Agua del nadador que la divide.
Parece un verso sencillo, pero en él nos amalgamamos todos—nuestra voluntad, nuestra estupidez, nuestra elegancia—; en él se esconde el Universo, fluído, eterno, un mar y una gota.
Villoro informa que el verso es de Pellicer, y yo, que nunca había leído a Pellicer, me lo repito como una mantra, dislocado, sin querer conectarlo con el resto del poema al que pertenece por miedo a que pierda su conexión conmigo. Pero recientemente la curiosidad me venció y una búsqueda en Internet me dio el resto del poema, que es luminoso y que reproduzco a continuación:
—
El Agua, de Carlos Pellicer
Aguas horizontales
con hombres y peces y nubes.
Aguas azules y verdes,
espacio palpitante, atmósfera del paraíso submarino
cuyas medusas arcangélicas
mudan ojos y manos en huertos coralinos.
Aguas reales del viaje fabuloso
manchadas como tigres por las guerras.
Aguas víctimas o insaciables en la sed de la tierra;
sorbo de sed, aguas vírgenes.
Una gota de agua
salvó la última espiga del sembrado
o hizo temblar el dorso de Susana
entre las barbas bíblicas del baño.
Agua del nadador que la divide
y la vuelve laurel o vida nueva.
En las tinajas familiares
el agua se hace negra
de silencio y frescor. Y el ritmo de los mares
vira el buque ladrón que halló en las islas fiestas.
Aguas verticales, horizontal, cerámica y primera.
Poema Bajo La Blanca Soledad de Leopoldo Lugones
Bajo la calma del sueño,
Calma lunar de luminosa seda,
La noche
Como si fuera
El blanco cuerpo del silencio,
Dulcemente en la inmensidad se acuesta…
Y desata
Su cabellera,
En prodigioso follaje
De alamedas.
Nada vive sino el ojo
Del reloj en la torre tétrica,
Profundizando inútilmente el infinito
Como un agujero abierto en la arena.
El infinito,
Rodado por las ruedas
De los relojes,
Como un carro que nunca llega.
La luna cava un blanco abismo
De quietud, en cuya cuenca
Las cosas son cadáveres
y las sombras viven como ideas,
y uno se pasma de lo próxima
Que está la muerte en la blancura aquella.
De lo bello que es el mundo
Poseído por la antigüedad de la luna llena.
y el ansia tristísima de ser amado,
En el corazón doloroso tiembla.
Hay una ciudad en el aire,
Una ciudad casi invisible suspensa,
Cuyos vagos perfiles
Sobre la clara noche transparentan.
Como las rayas de agua en un pliego,
Su cristalización poliédrica.
Una ciudad tan lejana,
Que angustia con su absurda presencia.
¿Es una ciudad o un buque
En el que fuésemos abandonando la tierra.
Callados y felices,
y con tal pureza,
Que sólo nuestras almas
En la blancura plenilunar vivieran?…
Y de pronto cruza un vago
Estremecimiento por la luz serena.
Las líneas se desvanecen,
La inmensidad cámbiase en blanca piedra,
y sólo permanece en la noche aciaga
La certidumbre de tu ausencia.